Antonio Gamoneda. La Indiferencia narrativa.

portadagamoneda

Llegaba yo a Gamoneda con interés; no he leído nada de él, y me apetecía leer esta biografía suya, titulada Un armario lleno de Sombra.

De Gamoneda había leído sí, muchas referencias, todas elogiosas, como poeta claro y sencillo, testigo de su tiempo, humanísimo, sensible, etc.

También referencias en cuanto a su labor intelectual pública, congresos, recitales, apuestas por la creación. Y con esa disposición, debo reconocer que de entrada muy positiva, me dispuse a leer su libro.

 

 

Y no me gustó. Así de sencillo lo digo. No me gustó subjetivamente hablando aunque reconozco-faltaría más- su altísima calidad de narrador. Me explico; Gamoneda cuenta su vida, y lo hace de modo natural, y con un lenguaje exquisito. Pero Gamoneda escribe de modo tan distante sobre los temas que es imposible para mí sentir cercanía. Además, cuando lo leo lo que se palpa es resentimiento, solemnidad, como si el mundo estuviera siempre en contra suya o él en contra de todo el mundo. Para ser clara: como si de su sufrimiento fuera todo el mundo culpable y el libro fuera una requisitoria.

No me gusta su forma de aproximación a las cosas; me deja una impresión de cinismo, de sequedad, de mundo cerrado en el que hay que ser más listo, más cínico y más –por decirlo sencillamente- malo que los demás para demostrar no se sabe bien qué.

Por otra parte es un relato más sobre “los oscuros y grises años de postguerra”, y una empieza a estar cansada del mismo tono, del mismo “qué pena nos tenemos a nosotros mismos”, “qué malísimo era todo”.

Tiene Gamoneda un mini relato en el libro contando cómo de críos torturaron a un perro. Todos de críos nos hemos cargado hormigas o le hemos puesto una lata a un perro a ver qué hacía. Lo malo no es eso; lo malo es que Gamoneda lo cuenta como si fuera estupendo pegar y torturar a un perro. Con una indiferencia que deja tiritando.

Así igual habla de personas. Habla de su madre, que, entre líneas adivinamos una mujer cuyo sufrimiento humano pudo llegar a límites de insoportable, y relata las cosas como si hablara del vecino del quinto.

No. No me gusta esa frialdad, esa distancia, ese usar la vida para contarla. Ni el tono, ni lo que significa de calidad humana.

Aunque literariamente esté muy bien escrito.

 

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3 comentarios

Archivado bajo Literarismos

3 Respuestas a “Antonio Gamoneda. La Indiferencia narrativa.

  1. tersat

    Debe ser la misma frialdad con la que ha despachado, con sus frías palabras, al Benedetti; porque uno puede ser más o menos crítico, más o menos duro, más o menos poseedor de “la verdad”, o tener más o menos razones, pero no, no es de recibo ser “capaz” de expresarlo cuando el objeto de esa frialdad, por no llamarlo ataque, es un muerto que, por cierto, estuvo vivo y, cuando eso ocurría, el señor Gamoneda, no despegó sus labios. Y es que los muertos, a veces, ponen muy fáciles las cosas…A mi, de natural, poco reflexiva y tal vez rencorosilla y poco objetiva, de momento, no me interesa mucho este señor…Qué le voy a hacer si soy un compendio de errores y confusiones; puede que ocurra, también, que me incline más por los humanos de sangre caliente.

  2. Ana

    Al final de ese poema-relato del perro, el autor dice que su “vergüenza es tan grande como el mundo” o algo parecido. Eso le redime un poco. Recuerdo q en uno de los libros q leí sobre creación literaria ponían a Gamoneda de ejemplo sobre eso, “frialdad y distancia” en contrapunto a cierta poesía empalagosa y almibarada muy al uso en otra época. Supongo q la virtud, como siempre, está en el medio.

    Lo q dices de la Guerra Civil, hija mía, y tanto… Hasta los pelos de la coronilla estoy ya de tanta gaita. A ver si algún día enterramos a Franco, q ya huele y está apestándolo todo.

    Besos

  3. isabel

    Hola.

    Creo que te equivocas con Gamoneda. No está blindado frente al sufrimiento. Lo recuerda todo como si estuviera sucediendo ahora. La frialdad es un recurso para despistar, créeme, para despistar a todo lector. Este hombre tiene una sensibilidad enorme. Y su rencor no parte de su experiencia, sino de la que recuerda en su madre. Y él se siente responsable de no haber podido paliar el asma que ella padecía. Debió de ser un niño triste, que, como dice se acostumbró a unir la ternura con el olor a lejía ( que probablemente detestaba ) que emanaba de la piel de las manos de su madre. Y la anécdota que relata con el perro, lo mismo. Se asombra de su frialdad, pero lo recuerda perfectamente. Eso indica otra cosa. No te fíes de las apariencias