El Arte sin adjetivos.

Se da un premio en Rusia, el Premio Kandinsky, al Arte Moderno, y por lo que leo crea un revuelo tremebundo porque el ganador es definido como “nacionalista-fascista”.

El ganador es un señor que se llama Beláyev-Gintvot, y al que servidora no había oído nombrar en su vida. Pero lo curioso viene después cuando un furibundo demócrata dice sobre esto: “No hay arte, Beláyev-Gintvot es un fascista”. Lo dice el ganador del año pasado, un tal Osmolovski. Bien, estos datos los tomo del País, porque tanto nombrecito me marea un poco, pero a lo que iba yo a comentar:

A mí estas cosas de decir que algo no es arte porque el autor es fascista, comunista, marxista, del Opus Dei o abertzale nacionalista, me rechina abiertamente. Me suena a quema de libros porque son escritos por los rojos, estatutos de lo políticamente correcto y entrada a saco en las catedrales para quemarlas porque hay que destruir el poder de la Iglesia.

Es decir, me suena a profunda ignorancia, incultura y barbarie con el pretexto de definir qué sí y qué no.

El arte podrá serlo o no serlo en función estética, dentro de parámetros artísticos, pero jamás teniendo en cuenta a priori las ideas políticas del que lo realiza.

Un cuadro no se puede juzgar estéticamente pensando en que quien lo hizo era de la ideología que fuera, ni un libro, ni una obra musical. En arte, en cultura, los parámetros son otros, y lo demás es confundir nuestro deseo de excluir a quien no piensa como nosotros con el análisis correcto de la obra artística.

Pero, el follón que se ha montado en Rusia es común en los tiempos que corren; aquí negamos el pan y la sal a Barceló, pero ponemos en los altares (nunca mejor dicho) a Gaudí.

Tan artista uno como el otro. Dicho sea de paso.

 

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