Recuerdo de un encuentro. (Rosa Chacel en 1976)

Doña Rosa Chacel llegó a la Fundación Juan March precedida de dos sargentos de granaderos en forma de familia, y de una cohorte de funcionarios absolutamente imbuidos de su importancia de funcionarios. Con lo cual a los pobres auditores de aquella conferencia congregados a la espera de que abrieran el salón de actos se nos dijo que hiciéramos el favor de pasar y no arremolinarnos.

Y pasamos, claro está.

 

 

chacel

Nos fuimos sentando con ese aire que siempre tenemos los que vamos a conferencias sobre literatura, entre circunspecto y “hay que ver qué intelectual me siento ahora mismo, mon dieu”, y el rumor de nuestros augustos culos al arrellanarse sobre las sillas que en demasía habían colocado, porque había lleno absoluto, dio paso a las primeras palabras de la autora de libros tan excelentes como  Teresa, o La Sinrazón

Rosa Chacel estuvo disertando aproximadamente una hora acerca de las relaciones de la generación del 27 y la filosofía, sin que se oyera un murmullo. Salvo el cuchicheo monocorde de sus familiares que aprovecharon la ocasión para contarse su vida, según pudimos colegir.

Era entonces doña Rosa una Señora que aparentaba fragilidad, el pelo blanco, recogido y peinado, un traje sencillo, un collar breve, unas manos arrugadas que movía con chispeante vivacidad, una voz firme, clara y que fue elevando cuando comprobó que el antecitado murmullo no llevaba trazas de acallarse, y un gesto que a mí me pareció algo cansado de algunas cosas, que, lógicamente, se me escapaban.

Cuando terminó la conferencia la gente se puso- nos pusimos- de pie y empezamos a aplaudir. Duró aquello más de cinco minutos, pero, naturalmente, los organizadísimos funcionarios de entonces decidieron que ya estaba bien de aplausos y que nos fuéramos, porque doña Rosa tenía -según ellos- mucho que hacer.

Yo, que soy rarita, reculando me quedé en la sala, viendo cómo había gente que también se quedaba. Naturalmente- también “naturalmente”- los que se quedaban eran eso que llamamos los “conocidos del autor”; gentes de prestigio- faltaría más- que tenían derecho exclusivo- por supuestísimo- a saludarla y darle charla. Intelectuales, personas Importantes. Ella sentada en la misma silla, incomodísima por cierto, desde donde había dado la conferencia.

Y allí estaba yo con mis dieciseis años, mi cuaderno de apuntes, y mi soledad del ángulo oscuro, mirando cómo doña Rosa hablaba interminablemente con uno de esos Importantísimos Señores, cuando doña Rosa desvió los ojos del caballero con quien departía, y me miró.

Hizo un gesto con la mano de “espera”, y sonriendo amabilísimamente al señor, le despidió con brevedad y rapidez. Después hizo un gesto de “aprovecha”.

Y me acerqué, claro.

-Llevas ahí un buen rato, y me figuro que me quieres decir algo.

Me cogió la mano con la suya y sonrió.

-Sí, doña Rosa, quería decirle que siga usted escribiendo, que hacen falta intelectuales como usted, que digan las verdades del barquero y que escriban para dar lucidez.

Se volvió a sonreír.

-Vaya, mira qué bien, ¿te parezco lúcida?…o ¿más bien lucida?…

Entonces me reí yo sin poderlo evitar.

-Las dos cosas, doña Rosa, y las dos cosas nos hacen falta…

– Si lees a María Zambrano también verás lucidez; lee nuestros libros y compara filosofías, y apunta en esa carpeta que llevas…

-Muchas gracias por el consejo, lo tomo en cuenta…

Se incorporó un poco de la silla donde estaba, y nos dimos un beso.

 

Cuando me marchaba de allí, con la mirada fija de los funcionarios importantísimos sobre mi cogote, me iba riendo yo sola de lo sencilla que puede ser la gente cuando se llamaba Rosa Chacel…

 

 

 

 

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2 comentarios

Archivado bajo Clásicos y modernos, Literarismos

2 Respuestas a “Recuerdo de un encuentro. (Rosa Chacel en 1976)

  1. Sencillez contra (y) sencillez, una fórmula que rara vez falla.
    Besitos/azos.

  2. mcjaramillo

    A los diecisiete años esos encuentros dejan huella. Yo conocí a Rosa Chacel con más años que tú, en el Ateneo de Madrid y aún recuerdo su voz.