Pensamientos perrunos

Tengo al perrillo mirándome con cara de “yo soy pequeñito”, porque le acabo de echar una regañina, que se me come el edredón de la cama y voy a tener que comprar otro.

Me mira, después de haber venido a pedirme perdón de la única manera que se le ocurre: subiéndose encima, apoyando la cabeza en el estómago y dando una especie de quejiditos mezcla  de “yatehasenfadao” y ” noloharémás”…

No le digo nada, pero pienso -menos mal que él no lo sabe- que al fin y al cabo el pobre edredón tiene más de quince años, y que ya es hora de tener uno nuevo, así que hasta me viene bien.

Pero claro, ese lenguaje no lo voy a usar con el chucho. Me arriesgo a que con la excusa pretenda comerse todo lo “viejo” que pille por casa…

Así que le dejo que haga arrumacos, y solo al ratito le digo guapo y lo acaricio:

La reacción es fulminante: empieza a mover la cola, me tira dos lametones a la nariz, y me mira como diciendo “bueno, entonces, ¿puedo seguirme comiendo el edredón?”…

Le chisto. Y, como se da cuenta, remolonea y se echa en el suelo, para demostrarme que es un santo pero que yo no quiero reconocerlo.

Y acabo pensando si será de verdad un santo o en realidad un viva la virgen que se aprovecha de que la santa soy yo…

 

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Pensamientos perrunos

  1. Dicen que los perros acaban pareciéndose a sus dueños. Yo creo que el tuyo es más listo que el hambre, aunque igual es cosa mía. ¡Ups!
    Emma

  2. satalia

    Hay mucha dulzura en este comentario. Tu escrito (y, sobre todo, la foto) me ha hecho acordarme de un perrito de mi barrio que murió el año pasado de puro viejo. Era la mascota de un quiosquero y se parecía mucho a éste, aunque era de otro color. Era así, pequeño, con una cara parecida al tuyo, orejas levantadas como alerta siempre y más listo que el hambre. Como se debía aburrir todo el día cerca de su amo, campaba a sus anchas por la zona, pero no se limitaba a rondar por la manzana, sino que iba más allá y se aventuraba a cruzar por los pasos de peatones. Pero lo bueno es que lo hacía con civismo y solo pasaba con el semáforo en verde. Cuando estaba en rojo, esperaba, como un buen peatón. Era muy gracioso verlo quetecito en el borde de la acera y con la mirada fija en el semáforo para empezar a cruzar nada más cambiar al verde. Siempre creí que los perros eran daltónicos. Imagino que se fijaría en la posición del muñequito o en su forma. A veces temía que se lo llevara alguien, tal vez los empleados de alguna perrera, iba tan suelto siempre, pero seguro que tenía recursos suficientes para hacerles burla.