La Semana Santa de 1966…

 

Cuando yo era pequeña, allá por el año… vamos a poner 1966, la tele era en blanco y negro y cantaban los Brincos y Karina. A la gente que tiene ahora un blog y veinte años, o menos, ni les sonará, claro; tampoco les sonará la Semana Santa de entonces, aquella Semana en la que no se podía cantar porque habían matado a Jesús, y en las emisoras de radio solo había música religiosa, o clásica. Aquellos días en los que en la tele lo que se veía era “el fervor religioso del Pueblo Español”, todo así en mayúsculas; porque entonces se hablaba con mayúsculas y en plural mayestático “Nosotros, los Españoles, un Pueblo de Tradición Cristiana, hemos Consagrado nuestra Historia a Venerar al Santísimo Sacramento, en Defensa de la Civilización de Occidente, como muestra Nuestra Victoriosa Cruzada”.

Y se quedaban tan anchos, claro.

Salía el Cristo de Medinaceli, la Virgen de los Desamparados, conectaban desde El Cerro de los Ángeles, donde no olvidaban recordarnos a todos que los Malos españoles en el 36 habían “fusilado a Jesús”, salía la Virgen del Pilar, el Apóstol Santiago, que era el Aliado Victorioso de las Tropas Españolas contra el Infiel…

Salía el Invicto Caudillo, bajo palio, entrando en Misa, con la guardia Mora al lado, con “Actitud de Piadosísimo Recogimiento” ( el Caudillo, no la Guardia Mora, digo), y en “loor de multitud”, aplausos, fervores, ardores y ausiones. Y se nos decía que Su Excelencia había “pedido a la Virgen de las Angustias su Altísima Protección para los Destinos de España como Nación Católica”.

Y siempre Su Excelencia liberaba a un preso, generalmente un pobre hombre, nunca un preso político, claro, eso era demasiado para su augustísima generosidad, un preso que salía de la cárcel con lagrimas en los ojos y delante de las cámaras de la única tele que existía, decía que  “Agradecía Públicamente al Caudillo la Benevolencia y Generosidad de su augustísimo Corazón”, y claro, tartamudeaba porque se había aprendido de memoria lo que debía decir, porque eso iba adjunto a que saliera, claro, y si no soltaba la memez, no le soltaban a él.

Y aquella Lucecita que Brillaba por las noches en el Pardo, seguía perenne, mientras pasaban procesiones, no se podía silbar, no se podía correr por la calle, no se podía hacer nada, más que aburrirse, desear que de una puñetera vez resucitara aquel plasta, para poder oír a los Brincos, y que no nos pusieran más en la tele la misma repetida procesión que nos hablaba  de lo buenos que éramos, de lo cristianos que éramos, de lo católicos que éramos, mientras enfocaba a gentes que parecían almas en pena y nos daba la sensación de que ser tan cristiano, tan bueno, tan puro, era  tristísimo y además un verdadero coñazo.

 

 

 

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