Envejecer mal.

Vengo de ver un rato un programa de estos llamados de “variedades y espectáculo” en televisión; una cosa que se llama ” yo estuve allí”.

Bueno, para ser exactos no vengo de “verlo” sino de mirarlo un rato, y asombrarme otro poco de lo mal que suelen envejecer las personalidades que un día fueron “alguien” en España.

He visto a Lolita rememorando no se exactamente qué, y cantando -sin voz, todo hay que decirlo, porque voz es algo que no tuvo nunca- “Pena, penita, pena”, y cuando ha dejado de cantar se me ha ocurrido pensar que sí.

Que es una pena, penita pena, pero que cantar, lo que se dice cantar, no es que no haya sabido nunca, es que no lo ha hecho jamás la criaturita.

Después he visto a Arancha Sánchez Vicario, arregladita como si fuera a un banquete nupcial e intentando poner buena cara al contemplarse en aquella  gordita resoplante que, sudando y desprendiendo hormonas, ganó el Roland Garros llevando a la España tenística al borde del paroxismo entusiasmado. Claro, que, tenía diecisiete años y probablemente ni se podía imaginar que un día sería una señora adornada de todos los luminiscentes objetos propios de la marquetería del arreglo personal, a quien casi daría vergüenza verse en aquellos menesteres de su juventud.

Más joven, sí, pero más limpia. Y yo me entiendo. Más real, más ella, más nuestra por tanto.

No me cuesta identificarme con la chavalita que gritaba “vamos, vamos” y resoplaba como un pollo sudoroso mientras arrasaba a Stefie Graff, pero me da grima ver a este objeto de peluquería, tan mono, tan guapo, tan rico, tan edulcorado; ahora ya sabe el inglés que farfullaba al recoger el Roland Garros y que tanta ternura causó; ahora ya no es Aranchita, sino doña Arancha…

Triste envejecer.

Y también Alfonso Guerra, que, válgame diox, qué puesto se nos ha puesto; aunque me ha parecido el más normalito de todos. Al menos, el señor Guerra ha sabido a lo que iba, ha toreado muy bien a la dulcísima presentadora- que dicho sea de paso y con todos mis respetos, es completamente tonta; le ha llegado a decir que “mi madre está enamorada de usted” y a Alfonso Guerra casi le da un ataque de risa allí mismo, y ha hecho un gesto de levantarse para irse, aunque luego lo ha pensado mejor y ha decidido que si la presentadora era tonta mejor que el público se diera cuenta-, y ha contestado con la suficiente ambigüedad como para que el programita siguiera su curso y a él no le molestaran mucho.

Se le notan los años, se le notan los cansancios, y se le nota sobre todo una diplomacia que nunca ha tenido, y yo que lo siento, porque a mí lo que me gustaba de Guerra era su absoluta falta de diplomacia. Aunque quizá mejor así; el programita no merece otra cosa.

En resumidas cuentas, sí, que se envejece mal; y yo no sé si el programa de marras  ha pensado que en el fondo lo que nos van a contar es eso; lo mal que la gente lleva no haber sido capaz de imaginar que iban a ser quienes son cuando eran aquello que fueron.

 

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2 comentarios

Archivado bajo Dando el Espectáculo

2 Respuestas a “Envejecer mal.

  1. Senior citizen

    Pues no vi el programita de marras. Bueno, lo vi pero no lo oí, pues tenía el televisor sin sonido mientras “gobernaba” un desajuste en este chisme.

    Pero pude ver, de reojo, al señor Guerra. Tan atildadito él, tan limpio…
    ¡Ay, Arfonso, que ya no eres el de antes! ¿Donde has dejado la pana marrón y las camisas de cuadros? Ya no eres el flaco ni le das caña a nadie y, sin ti, la política es aburrida y áspera. ¿Has visto los debates del siglo? Tú te hubieras merendado a Rajoy en diez minutos. Se le hubieran disparado los ojos pa tos los laos… Parece que lo estoy viendo.

    Arfonsico de mi alma, ¿como dejaste que te quitara de en medio un vendedor de biblias? Sí, ya se que los andaluces somos mu miraos con la familia, pero ¿hasta ese extremo?

    En fín, hijo, que se te echa de menos. Y saludos a quien tú sabes.

  2. ¡Ay, qué tiempos aquellos!, los del Alfonso y el Felipe. A mí que siempre me ha gustado el señor Guerra por su cara de eterna mueca enigmática, realmente parecía que se estaba riendo del mundo entero sin decir nada en absoluto porque cuando hablaba era para quitarse el sombrero.
    Igual es un disparate, pero, salvando las distancias, a mí D. Alfonso me recordaba a Quevedo, no sé si por apariencia física o qué, pero si se pudiera salvar la barrera del tiempo me hubiera gustado un cara a cara entre ambos. Sería algo alucinante, seguro.
    Emma