Acabo de terminar un libro que no sé si recomendarles a ustedes, ahora que empieza “oficialmente” el verano y todo el mundo (todo el mundo que dicta la norma, claro) dice que hay que leer obras superficiales, para pasar un rato amable, que no nos compliquen la existencia y que nos hagan olvidar las preocupaciones del tiempo laboral.
O sea, mayormente, que en el verano está prohibido tener preocupaciones y si usted las tiene es que es tonto…
En fin, a lo que iba, que he leído un libro que no puedo decir que me ha gustado, porque esa no es la palabra, ni que es bonito, porque es cualquier cosa menos “bonito”, ni que me ha hecho pasar un rato delicioso, porque me ha hecho pasar un rato muy definible pero desde luego nada delicioso.
Al tiempo que lo termino, leo que un tal Grisham, muy señor mío del que no he leído absolutamente nada ni tengo muchas intenciones a cuenta de lo que de sus libros cuenta la noticia, va a publicar un “superventas”. Es decir, mayormente que ha escrito un libro por encargo para vender mucho y seguir haciéndose rico, él y su editorial, que, faltaría más, es ( lo han adivinado) Planeta.
Así que ante tal notición maravilloso, libro excelso que saca ciento cincuenta mil ejemplares a la venta, que se agotarán como los polos de limón en mi pueblo en agosto, libro que dentro de unos días “todo el mundo” presumirá de estar leyendo en la playa, en el campo y en la sierra, junto a la tumbona y la hamaca, rodeado de niños que gritan, balones playeros que atizan a los incautos, y cremas maravillosas para quemarse la piel sin pensar en que uno se la quema igual que sin la crema, pues digo, ante esto, casi ni me atrevo a decir que Los Cuadernos de la Guerra, de Marguerite Duras, es un excelente, durísimo, y lúcido libro que merece la pena lectura reposada, tranquila, sin agobios, para conocer mejor a esta mujer escritora que ejerció tanto de mujer como de escritora con una honestidad enorme.

Es un libro que no solo es autobiográfico, sino que recoge también cuentos, proyectos de sus novelas en esbozo, narraciones cortas, y que deja en el lector/a la impresión de una inteligencia clara, de una escritura sobria a pesar de su dureza; la dureza del cristal.
Esa que tienen los Escritores de verdad, no los Grisham de turno.
En él se encuentra por ejemplo una de las narraciones más conmovedoras sobre el regreso de un prisionero después de la Segunda Guerra Mundial que yo he leído. Su marido, regresa después de meses de haber sido dado por desaparecido; pues bien, el relato de cómo vuelve, de las condiciones en las que vuelve, de su agonía hasta que se recupera, se efectúa en simplemente cinco páginas. Esas cinco páginas merecerían estar en la historia universal del horror humano. Y a la vez de la dignidad del hecho de vivir.
Aunque solo fuera por esas cinco páginas el libro es imprescindible; después de leerlas no puede haber olvido, suponen un aldabonazo en la memoria.
La traducción es de María Condor, y a mi modesto entender tiene una cualidad sobre otras muchas; no desvirtúa, no disimula; la voz que leemos es la de Duras solo que traspuesta, reflejada, en eco, re-creada. Hecho que siempre es de agradecer.