La Bitácora de Alena Collar

Diario de cosas que pudieron suceder

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Mercadeo

Publicado por alenacollarmelgar en Abril 11, 2008

 

La noticia sería una magnífica noticia, y sobre todo sería un avance y una esperanza. Tal cual la noticia dice: “Un traje cibernético permite a las personas con parálisis volver a correr”.

A veces me da vergüenza ajena. Lo siento, quizá me equivoco, quizá mezclo conceptos, pero una lee la información y ve a un japonés sosteniendo unos pesos ( o algo parecido) con cara de jilipollas, y lee que hubo una presentación maravillosa de un engendro que pesa 20 kilos y que podría “ayudar” a cierta pequeña movilidad a personas “discapacitadas” porque “no hay que hacer mucho esfuerzo”.

Es decir, que al tetrapléjico que ya soñaba con, al menos, poder ir de la silla a su cuarto y de su cuarto a la silla, se le caen los palos del sombrajo. Pero es que, además, el artefacto da grima. Una se imagina al discapacitado, enfundado en eso ( además de posiblemente en otras cosas que ya use o tenga que usar) y a la visita tan rica diciendo: “qué estupendo, con eso mueves muy bien el dedo gordo del pie”, mientras él, resopla.

Lo que causa asco de estas cosas es la publicidad del asunto, la tramolla, el escarnio de la presentación, la cara de imbécil del japonés, la sensación de mamoneo a costa de tanta gente que sufre.

Nunca Cajal, ni Albert Schweitzer, ni tantos otros descendieron a estas cosas.

Pero ellos eran irrenunciablemente humanos…

 

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Sobre Revistas y similares…

Publicado por alenacollarmelgar en Abril 4, 2008

 

Después de un día de recepción y envío de distintos correos, correos que gestionan o intentan hacerlo lo mejor que se puede colaboraciones y aportes interesantes, originales y sobre todo de calidad literaria o creativa para Alenarte Revista , me quedo pensando.

Me quedo pensando y pensativa.

Y concluyo con algo muy evidente pero que no está de más decir. Es muchísimo más gratificante hacer una Revista contando con la calidad y el respeto del interlocutor que hacerla esperando que te aplaudan a ti.

Sobre todo cuando lo que se busca no es el aplauso sino la calidad de lo que se entrega.

Conozco muchas Revistas, buenas, muy buenas, regulares, malas y rematadamente malas, y, siempre me ha parecido que las buenas Revistas tienen algo en común; el respeto por los lectores y el exquisito trato a quien en ellas escriben.

El respeto por los lectores incluye algo tan sencillo como contar con que el lector es inteligente y no aceptará un producto de mala calidad. Eso lleva aparejado para empezar, dar información veraz, opinión respetuosa, y enlaces a todo aquello que se dice que no es de la cosecha del que informa. Con lo cual excluye el “corta y pega”, la opinión insultante, la mentira, y la falta de rigor al tratar un tema.

La calidad incluye el cuidado exquisito al tratar la información, la presentación maquetada de modo que no agreda a quien lee, la sobriedad y la sencillez que no haga marcharse al recién llegado, la exclusión de mensajes apriorísticos en los que el lector se pueda sentir tratado como ignorante, como lerdo o como intruso, la exclusión de mensajes en los que quien lee pueda sentir que quien escribe está por encima del bien y del mal, el cuidado meticuloso con la ortografía… Todo ello unido para dar una sensación doble: rigor y claridad. Gazapos siempre habrá, pero un gazapo ocasional en un lugar donde no es habitual se disculpa; una sucesión de ellos da simplemente muestra  de la falta de calidad o del desprecio a los lectores.

Pero la calidad también incluye el trato. Y una Revista nunca debe considerarse sino como el conjunto de quienes la hacen. Y para que eso -que parece tan simple- salga bien, primero uno/a debe divertirse estando en ella, y segundo debe sentirse cómodo y tercero debe sentir que se valora lo que hace. Si quien en ella está de alguna manera siente que no le pertenece un poco, la cosa empieza a fallar; porque de su contribución, de su trabajo, de sus horas buscando temas, imágenes o ideas, depende el conjunto, y si eso se hace incómodo, o por obligación, rechina todo el bloque. Y eso no quita para que quien deba decidir decida, pero tampoco quita para que se decida con las ideas de todos. Por eso, una Revista no es de quien la funda, sino del colectivo que la saca adelante. Por eso también no importa que quienes formen parte de la redacción de una Revista sean conocidos entre sí, sean amigos o no se hayan visto jamás; porque una Revista no es un lugar para irse de copas sino para ofrecer un producto a quien lo lee.

Escribir para los amigos es muy sencillo. Se asegura uno el concurso fiel de unos cien lectores y el aplauso ciego.

Escribir para quien nos pueda leer sin tener en cuenta si nos conoce o no, puede ser muy divertido, pero es bastante menos sencillo. No esperas entonces el aplauso, ni el qué bonito os ha quedado, ni el comentario cómplice; esperas algo más difícil, pero muchísimo más gratificante: Lectores.

 

 

 

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La Semana Santa de 1966…

Publicado por alenacollarmelgar en Marzo 20, 2008

 

Cuando yo era pequeña, allá por el año… vamos a poner 1966, la tele era en blanco y negro y cantaban los Brincos y Karina. A la gente que tiene ahora un blog y veinte años, o menos, ni les sonará, claro; tampoco les sonará la Semana Santa de entonces, aquella Semana en la que no se podía cantar porque habían matado a Jesús, y en las emisoras de radio solo había música religiosa, o clásica. Aquellos días en los que en la tele lo que se veía era “el fervor religioso del Pueblo Español”, todo así en mayúsculas; porque entonces se hablaba con mayúsculas y en plural mayestático “Nosotros, los Españoles, un Pueblo de Tradición Cristiana, hemos Consagrado nuestra Historia a Venerar al Santísimo Sacramento, en Defensa de la Civilización de Occidente, como muestra Nuestra Victoriosa Cruzada”.

Y se quedaban tan anchos, claro.

Salía el Cristo de Medinaceli, la Virgen de los Desamparados, conectaban desde El Cerro de los Ángeles, donde no olvidaban recordarnos a todos que los Malos españoles en el 36 habían “fusilado a Jesús”, salía la Virgen del Pilar, el Apóstol Santiago, que era el Aliado Victorioso de las Tropas Españolas contra el Infiel…

Salía el Invicto Caudillo, bajo palio, entrando en Misa, con la guardia Mora al lado, con “Actitud de Piadosísimo Recogimiento” ( el Caudillo, no la Guardia Mora, digo), y en “loor de multitud”, aplausos, fervores, ardores y ausiones. Y se nos decía que Su Excelencia había “pedido a la Virgen de las Angustias su Altísima Protección para los Destinos de España como Nación Católica”.

Y siempre Su Excelencia liberaba a un preso, generalmente un pobre hombre, nunca un preso político, claro, eso era demasiado para su augustísima generosidad, un preso que salía de la cárcel con lagrimas en los ojos y delante de las cámaras de la única tele que existía, decía que  “Agradecía Públicamente al Caudillo la Benevolencia y Generosidad de su augustísimo Corazón”, y claro, tartamudeaba porque se había aprendido de memoria lo que debía decir, porque eso iba adjunto a que saliera, claro, y si no soltaba la memez, no le soltaban a él.

Y aquella Lucecita que Brillaba por las noches en el Pardo, seguía perenne, mientras pasaban procesiones, no se podía silbar, no se podía correr por la calle, no se podía hacer nada, más que aburrirse, desear que de una puñetera vez resucitara aquel plasta, para poder oír a los Brincos, y que no nos pusieran más en la tele la misma repetida procesión que nos hablaba  de lo buenos que éramos, de lo cristianos que éramos, de lo católicos que éramos, mientras enfocaba a gentes que parecían almas en pena y nos daba la sensación de que ser tan cristiano, tan bueno, tan puro, era  tristísimo y además un verdadero coñazo.

 

 

 

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Envejecer mal.

Publicado por alenacollarmelgar en Marzo 16, 2008

Vengo de ver un rato un programa de estos llamados de “variedades y espectáculo” en televisión; una cosa que se llama ” yo estuve allí”.

Bueno, para ser exactos no vengo de “verlo” sino de mirarlo un rato, y asombrarme otro poco de lo mal que suelen envejecer las personalidades que un día fueron “alguien” en España.

He visto a Lolita rememorando no se exactamente qué, y cantando -sin voz, todo hay que decirlo, porque voz es algo que no tuvo nunca- “Pena, penita, pena”, y cuando ha dejado de cantar se me ha ocurrido pensar que sí.

Que es una pena, penita pena, pero que cantar, lo que se dice cantar, no es que no haya sabido nunca, es que no lo ha hecho jamás la criaturita.

Después he visto a Arancha Sánchez Vicario, arregladita como si fuera a un banquete nupcial e intentando poner buena cara al contemplarse en aquella  gordita resoplante que, sudando y desprendiendo hormonas, ganó el Roland Garros llevando a la España tenística al borde del paroxismo entusiasmado. Claro, que, tenía diecisiete años y probablemente ni se podía imaginar que un día sería una señora adornada de todos los luminiscentes objetos propios de la marquetería del arreglo personal, a quien casi daría vergüenza verse en aquellos menesteres de su juventud.

Más joven, sí, pero más limpia. Y yo me entiendo. Más real, más ella, más nuestra por tanto.

No me cuesta identificarme con la chavalita que gritaba “vamos, vamos” y resoplaba como un pollo sudoroso mientras arrasaba a Stefie Graff, pero me da grima ver a este objeto de peluquería, tan mono, tan guapo, tan rico, tan edulcorado; ahora ya sabe el inglés que farfullaba al recoger el Roland Garros y que tanta ternura causó; ahora ya no es Aranchita, sino doña Arancha…

Triste envejecer.

Y también Alfonso Guerra, que, válgame diox, qué puesto se nos ha puesto; aunque me ha parecido el más normalito de todos. Al menos, el señor Guerra ha sabido a lo que iba, ha toreado muy bien a la dulcísima presentadora- que dicho sea de paso y con todos mis respetos, es completamente tonta; le ha llegado a decir que “mi madre está enamorada de usted” y a Alfonso Guerra casi le da un ataque de risa allí mismo, y ha hecho un gesto de levantarse para irse, aunque luego lo ha pensado mejor y ha decidido que si la presentadora era tonta mejor que el público se diera cuenta-, y ha contestado con la suficiente ambigüedad como para que el programita siguiera su curso y a él no le molestaran mucho.

Se le notan los años, se le notan los cansancios, y se le nota sobre todo una diplomacia que nunca ha tenido, y yo que lo siento, porque a mí lo que me gustaba de Guerra era su absoluta falta de diplomacia. Aunque quizá mejor así; el programita no merece otra cosa.

En resumidas cuentas, sí, que se envejece mal; y yo no sé si el programa de marras  ha pensado que en el fondo lo que nos van a contar es eso; lo mal que la gente lleva no haber sido capaz de imaginar que iban a ser quienes son cuando eran aquello que fueron.

 

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