Ando leyendo un libro que, por las trazas, tardaré en terminar. El libro es interesante y ameno, de un estilo sencillo, natural, cercano al lector, con un tema interesante a priori, y que ofrece información desconocida por mí hasta la fecha, al menos parte de esa información.
Entonces, dirá el lector, ¿qué me impide terminarlo en un breve espacio de tiempo, al menos en el acostumbrado, aunque sea un libro de más de quinientas páginas, si hablo así de él?…
El libro es el último escrito por Julio Llamazares, escritor nacido en el desaparecido pueblo de Vegamian, cuando el generalito hacía pantanos y destruía pueblos enteros. Por cierto, que, paradojas tiene la vida, el pantano lo proyectó el arquitecto y escritor Juan Benet…y en una web que encuentro sobre el tema se dice que “Con el embalse desaparecieron en su totalidad los pueblos de Vegamián, Armada, Campillo, Ferreras, Lodares y Quintanilla mientras que pueblos como Rucayo, Utrero, Camposolillo, Valdehuesa y Orones se vieron gravemente afectados al perder gran parte de sus mejores tierras.”
Pero vuelvo al libro. Su titulo, las rosas de piedra, alude a una metáfora que Llamazares hace acerca de lo que son el objeto de su estudio: las catedrales de España. Hace por tanto un recorrido en plan viajero y nos explica con profusión de detalles cómo son éstas. Y aquí viene el problema, para mí, del libro; en los detalles que a menudo son en exceso técnicos. Yo entiendo que Llamazares sabrá lo que es una girola, un contrafuerte o una bóveda de medio cañón, y entiendo que quizá yo debería saberlo, pero no, no lo se; es un vocabulario o mejor, un léxico, excesivamente técnico y para arquitectos, o por mejor decir para conocedores de la historia del arte en este campo. Quien no lo somos salvo a nivel muy general, es decir, capaces de distinguir más o menos el gótico del románico, y ver las columnas donde las hay, nos perdemos en los diccionarios. Y no, no es malo perderse en los diccionarios, pero leyendo un libro de viajes por las catedrales, pues cansa, y, al menos yo, hubiéramos preferido una cierta vulgarización del tecnicismo.
También se me podría decir, pues no compre usted el libro; pues sí, verá, pero a mí es que me interesa el arte, me interesan los viajes y me interesan las catedrales; y Llamazares me agrada como escritor. Lo que no me gusta es perderme entre arcos de medio punto, arbotantes, o frases como ésta hablando de la catedral de Astorga, en concreto de la sacristía: “la componen cuatro naves engarzadas en redondo en torno a un pozo central que alumbra una gran linterna y cubre una inmensa cúpula”.
En esa frase, me despista la linterna, no sé si el pozo es un pozo u otra cosa, y de lo único que me entero es que hay cuatro salas redondas con una cúpula muy grande… Comprenderán ustedes porqué digo que estoy tardando en la lectura…

2 comentarios
Diciembre 18, 2008 a las 10:35 pm
De momento no me he atrevido con este libro, aunque Llamazares como escritor me gusta mucho. No sé, me infunde respeto, como otras obras suyas que se salen de la narrativa.
Diciembre 21, 2008 a las 11:42 pm
Te comprendo perfectamente. Es una lástima, porque el tema en sí me gusta, pero entiendo que no se hace fácil la lectura a los que no están familiarizados con ese léxico arquitectónico.
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